
La mujer trigueña estaba en aquel banco de madera dejado por el tiempo. Esperaba en la estación a que su turno llegara al andén. Curtida por el sol y las horas eternas.
Refugiada en su sombrero negro de visera, una trenza de varios días hecha de canas dolorosas, apenas asoma por detrás.
Sus manos entrelazadas intercambiaban sus uñas largas y negras.
Alpargatas negras con bigotes y cansancio. Dormita y tose afónicamente.
El tiempo le pesa.
Un descanso eterno de cinco minutos basta como descanso hasta la vuelta a “las casas”.
El trabajo es duro pero bien lo valen un techo y una comida. Los días se suceden uno a uno y son tan iguales, que no importa lo que viene después. Solo la espera de la muerte que se sabe que anda ahí, pero no inquieta tanto.
Cinco minutos de tregua a la artritis de los huesos.
Un poco de sueño del terreno que no fue y del peón aquél que una vez se fijó en ella...
Ya viene el bus para devolverla a un día más. A un día como cualquier otro…
1 comentario:
Cien años de soledad, cien añoos de espera, me imagino esa lápida en el cementerio de Conchillas, el más hermoso que he visto.
Luz.
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